Una ceremonia de Estado se construye también con símbolos, vestuario, gestos, precedencias y detalles que muchas veces pasan inadvertidos.
La posesión de Abelardo de la Espriella, realizada el 7 de agosto en la Arena USC Carlos Andrés Pérez Galindo, de la Universidad Santiago de Cali, dejó muchos elementos para observar desde el ceremonial y el protocolo.
No pretendo hacer aquí una valoración política. Mi mirada se concentra exclusivamente en los aspectos protocolarios, simbólicos y de imagen que estuvieron presentes durante la jornada.
Una presentación personal acorde con la ocasión
Comienzo por algo que puede parecer secundario, pero que tiene mucho peso en una ceremonia de esta categoría: el vestuario.
En términos generales, los asistentes respondieron al código de vestir señalado en la invitación. Se observaron trajes oscuros en los señores y vestidos y atuendos formales, apropiados para una ceremonia solemne y para el clima de Cali, en las señoras. Con contadas excepciones.
A propósito, la invitación dice: Traje de calle oscuro. Puede decirse una de las dos palabras. Y como recordación, el traje del hombre marca la pauta para saber cómo va vestida la mujer.
También me llamó favorablemente la atención la presentación de las esposas e hijos del presidente y del vicepresidente. Sus atuendos fueron modernos, elegantes y acordes con la naturaleza del acontecimiento.
En el caso del presidente, el traje estaba muy bien confeccionado, con buena caída y una apariencia pulcra. Hay, no obstante, un detalle de sastrería que llamó mi atención: el puño de las mangas del saco parecía demasiado estrecho, hasta el punto de cubrir con dificultad el puño de la camisa.
Al llevar mancornas, estas requieren que el puño de la camisa tenga libertad suficiente para lucirse correctamente. Durante algunos movimientos, el saco se desplazaba y dejaba aún más visible el puño de la camisa.
También observé los botones ubicados en el puño de las mangas. En la alta sastrería es posible encontrar ojales funcionales y, como detalle tradicional de confección, alguno de los botones puede permanecer deliberadamente sin abrochar.
Más allá de ese detalle, lo importante es que la buena sastrería debe acompañar al cuerpo sin perder la línea de la prenda, algo especialmente relevante cuando se trata de la imagen de un presidente y las cámaras están permanentemente presentes.
La llegada de las autoridades también comunica
Otro aspecto que observé fue la manera en que algunas parejas llegaron a la ceremonia.
Unas lo hicieron tomadas de la mano y otras con la mujer tomando el brazo de su esposo.
Tomarse de la mano es un gesto natural y afectuoso. En la vida cotidiana y en determinados acontecimientos sociales resulta completamente apropiado. En una ceremonia solemne de Estado, la tradición protocolaria ha utilizado otra forma de acompañamiento: la señora tomando el brazo al señor.
No se trata de prohibir una conducta ni de juzgar la relación de una pareja. Es simplemente comprender que el lenguaje corporal también cambia de acuerdo con la naturaleza del acto.
La forma de caminar, la postura y la manera de acompañar a una autoridad hacen parte de la imagen que se proyecta.
Por eso resultó particularmente elegante observar a quienes conservaron esa forma tradicional de desplazamiento.
El presidente del Ecuador y su esposa
Un escenario sobrio, con elementos de nuestra historia
La disposición del escenario fue, para mí, uno de los aciertos de la ceremonia.
La mesa y las tres sillas utilizadas en los lugares centrales pertenecen al mobiliario histórico de la Hacienda Cañasgordas, uno de los bienes patrimoniales más importantes de Cali.
Las tres sillas tienen, además, una historia particularmente significativa: pertenecieron a Joaquín de Cayzedo y Cuero, prócer caleño de la Independencia. En ellas tomaron asiento los tres protagonistas institucionales de ese espacio: el presidente de la república, el presidente del Senado y el presidente de la Cámara de Representantes.
Llevarlas al escenario de la posesión fue un acierto. No eran simplemente elementos decorativos de apariencia antigua: llevaron al acto parte de la memoria histórica de Cali y de Colombia.
El mobiliario también puede comunicar y, cuando tiene una historia detrás, aporta al escenario algo que ninguna escenografía contemporánea puede fabricar: identidad.
Pero faltó la bandera de Colombia
Aquí encuentro uno de los aspectos que más me llamó la atención.
En el escenario de la posesión no estuvo presente la bandera de Colombia en tela. En su lugar se utilizaron luces tricolores a los lados y, en determinado momento, también se proyectó la imagen de la bandera.
Y aquí resulta necesario hacer una distinción muy sencilla:
los colores de Colombia no son la bandera de Colombia.
La iluminación amarilla, azul y roja puede formar parte de una propuesta escenográfica. Una proyección puede reproducir visualmente nuestro pabellón. Ninguna de las dos cosas sustituye al símbolo patrio material.
Desde mi perspectiva, era perfectamente posible conservar la propuesta decorativa e incorporar, al mismo tiempo, la bandera de Colombia en tela.
Incluso antes de que Abelardo de la Espriella adquiriera formalmente la condición de presidente, podía haberse dispuesto la bandera civil de Colombia, que habría cumplido su función como símbolo nacional sin interferir con la escenografía.
Me parece que aquí se produjo una situación que vale la pena revisar: la decoración terminó teniendo mayor presencia que el símbolo patrio.
Y precisamente por tratarse de una posesión presidencial, la bandera debía tener presencia física en el escenario.
El himno nacional, completo
Hubo, por otra parte, un detalle que quiero destacar expresamente: el himno nacional fue interpretado completo por Maía.
Fue un acierto.
En ceremonias oficiales no siempre se escucha la interpretación completa. En una posesión presidencial, donde los símbolos nacionales tienen un papel central, escuchar el himno en su integridad aporta la solemnidad que corresponde al momento.
En tiempos en que algunas ceremonias recurren a versiones abreviadas, (coro y estrofa) resulta especialmente significativo que en esta ocasión se hubiera escuchado completo.
Fue uno de esos momentos en los que la solemnidad del acto estuvo bien acompañada por uno de nuestros principales símbolos.
La banda presidencial
Llegamos a uno de los elementos más importantes de la investidura: la banda presidencial.
No es un accesorio. Es un atributo que identifica visualmente al presidente de la república y, por esa razón, su confección, proporción e imposición merecen especial cuidado.
Al observar detenidamente las imágenes de la ceremonia, encontré dos aspectos que me llamaron la atención.
El primero es la proporción de los colores. La franja azul se aprecia unos milímetros más estrecha que la roja. Puede parecer un detalle insignificante, pero cuando se trata de un símbolo presidencial, la simetría y la precisión también importan.
El segundo es la longitud. La banda se veía demasiado larga, descendiendo por debajo de la zona de la cadera. Desde el punto de vista protocolario, debería terminar aproximadamente a esa altura.
Son detalles que pueden parecer pequeños frente a la magnitud de una posesión presidencial. Precisamente por eso vale la pena observarlos: el ceremonial también se construye a partir de la precisión.
El bastón presidencial
También llamó mi atención la utilización del bastón presidencial.
He revisado la normativa y no he encontrado una disposición que establezca expresamente el bastón como atributo obligatorio del presidente de la república en la ceremonia de posesión.
Por ello, prefiero no atribuirle un carácter normativo que no puedo demostrar.
Desde el punto de vista visual, su utilización resultó adecuada y no desentonó con la imagen presidencial. Una cosa es que un elemento resulte apropiado y otra afirmar que está impuesto por una norma.
Esta diferencia entre lo reglamentado, lo tradicional y lo decidido para una ceremonia determinada es fundamental cuando hablamos de protocolo.
El juramento y la imposición de la banda
El juramento del presidente y posteriormente el del vicepresidente se desarrollaron dentro de la solemnidad propia de la investidura.
La imposición de la banda presidencial estuvo a cargo del presidente del Congreso, con la participación de Luis Yagüe, invitado especial.
También fue acertado conservar una estructura claramente diferenciada entre el juramento del presidente y el del vicepresidente, pues cada uno corresponde a una función constitucional distinta.
Las 21 salvas: un honor que ocurrió en Bogotá
Después del juramento y de la imposición de la banda se escucharon las 21 salvas de artillería, ejecutadas desde la Escuela Militar de Cadetes General José María Córdova, en Bogotá.
Es importante dejar esto claro porque posteriormente, en Cali, el presidente recibió otros honores militares en el Batallón Pichincha. Son momentos diferentes y no deben confundirse.
Las 21 salvas corresponden a un honor de artillería de máxima solemnidad y tienen, por tanto, un significado propio dentro del ceremonial de Estado.
Un gesto que pertenece a la esfera personal
Hubo finalmente una escena que, desde mi perspectiva protocolaria, merece una observación: el saludo de la esposa del presidente después de la investidura.
El afecto entre una pareja pertenece naturalmente a su esfera personal. En una ceremonia de Estado, no obstante, los gestos personales también quedan incorporados a la imagen pública del acontecimiento.
El beso en la boca es una manifestación íntima de afecto. En una ceremonia de esta naturaleza habría resultado más apropiado un beso en la mejilla, que conserva la cercanía y el cariño, pero mantiene la distancia que corresponde a un acto solemne.
No hago esta observación sobre la relación personal de la pareja. La hago exclusivamente desde el punto de vista de la imagen y del ceremonial.
Una ceremonia que merece ser observada con detenimiento
La posesión presidencial de Abelardo de la Espriella tuvo muchos elementos acertados: una presentación personal cuidada, familias correctamente vestidas para la ocasión, un escenario sobrio, mobiliario con identidad histórica y la interpretación completa del himno nacional.
También dejó detalles que, desde el protocolo, merecen revisión: la ausencia de la bandera de Colombia en tela en el escenario, la proporción y longitud de la banda presidencial, algunos aspectos de la indumentaria y determinados gestos propios de la esfera personal que terminaron formando parte de la imagen pública de la ceremonia.
Ese es precisamente el valor de observar un acto de Estado desde el ceremonial.
No se trata simplemente de decir si algo estuvo bonito o feo, elegante o poco elegante.
Se trata de preguntarnos qué representa cada elemento, qué está respaldado por una norma, qué pertenece a la tradición, qué responde a una decisión particular de los organizadores y qué podría hacerse mejor.
Una posesión presidencial es una ceremonia de Estado. Y en ella, cada detalle habla.
La bandera habla.
La música habla.
El vestuario habla.
La disposición de las autoridades habla.
Los gestos hablan.
Y todos ellos terminan formando parte de la imagen que el Estado proyecta ante sus ciudadanos y ante el mundo.
Esta es apenas la primera mirada.
La jornada continuó después de la ceremonia en la Arena USC de la Universidad Santiago de Cali con el traslado del nuevo presidente al Batallón Pichincha, donde tuvo lugar otro capítulo del ceremonial: la presentación de los comandantes, los honores militares, la revista a las tropas, los honores a la Bandera de Guerra y otros actos que merecen ser analizados por separado.
También merece un análisis particular la llamada “oración ecuménica” incluida en el programa oficial de la posesión y el tratamiento de los elementos religiosos dentro de una ceremonia de Estado.
De eso hablaremos en las próximas entregas.
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